Después de visitar más de 280 ciudades alrededor del mundo, sigo pensando que Cali tiene una magia especial, un no sé qué, que te pone no sé cómo, esa cosita que hace que extrañes cuando estas lejos.

Por fin volvería después de meses de ausencia, pero esta vez en compañía de mi novio argentino, lo que hace más interesante el viaje, pues re-descubres a tu ciudad y hasta puedes verla con ojos de asombro, como si fuera la primera vez.

Recorrido Centro Histórico

Un buen lugar para iniciar este recorrido es la Plazoleta de San Francisco, ahí encontraremos justo afuera del edificio de la gobernación, un punto de información turística, donde podrán regalarte algún mapa.

“Me llamó la atención la cantidad de palomas y lo mucho que la gente disfruta de los lugares” Leo, el argentino

En la ruta está la Plaza de Cayzedo, adornada con palmeras y como todas las plazas de Cali, está llena de historias, de colores, música y sabores, las calles nunca se ven igual.

Seguimos la música y ahí estaban un par de personajes: el baterista, sentado al parecer en un asiento usado antes en un bus, tocaba rítmicamente su instrumento armado con ollas, sostenido por una Guadua pintada de rojo y los parlantes, que evocaban la música de los agua e lulos, estaban dentro de tarros de plástico. En la calle, el bailarín daba vida a las notas con su cuerpo, vistiendo una camisa y gorra rosadas con un pantalón bota campana blanco gritaba:
“Cali es Cali, lo demás es monte y culebra”

Caminamos luego hasta la Plazoleta del CAM (Centro Administrativo Municipal) donde está la Alcaldía de Santiago de Cali. Lo primero que te encontrás, es el monumento a la obra literaria de Jorge Isaacs “La María”. Para salir de vuelta al “Boulevard del Río” pasamos por el “Puente Ortiz”. Aquí hay que tener la cámara lista, pues encontramos muchas edificaciones bien conservadas, como el edificio conocido como “Coltabaco” donde funciona ahora la Secretaría de Turismo de Cali, el emblemático Teatro “Jorge Isaacs”, el parque de los “Poetas Muertos” y por supuesto la Iglesia “La Ermita”.

Tal vez la nostalgia de no vivir más en Colombia, me hizo ver cada lugar e instante como algo extraordinario, como debería ser siempre. Disfruté cada sabor: ver tantos mangos viches juntos, el guarapo recién extraído de la cañita de azúcar, la piña dulce en rodajitas por $500, el chontaduro con su inexplicable gusto adquirido, eso si acompañado de sal y miel.

Continuará…

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